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Contenidos
en Elearning: el rey sin corona (por ahora)
Hemos vivido una cultura y una tradición
educativa donde el rol de los alumnos ha sido siempre pasivo: escuchar,
leer y recitar en el examen. Desde luego, poco motivador, bastante
aburrido y de nefastas consecuencias (tratemos de recordar lo que
estudiamos en los años de colegio o universidad y nos daremos cuenta de
que lo hemos olvidado prácticamente todo). Yo creía que el rol de la
educación era enseñar a pensar por uno mismo. Las ciencias cognitivas
hace tiempo que han demostrado que el verdadero conocimiento se adquiere y
se construye cuando la persona desempeña un rol activo, cuando HACEMOS
cosas, practicamos, resolvemos problemas, nos equivocamos y nuestra mente
desencadena un proceso imparable para tratar de explicarse la causa de
nuestro error y las posibles maneras de corregirlo. Hacer es divertido,
vencer obstáculos es motivador. Basta con que pensemos cuántas de las
cosas que hoy forman parte de nuestro "saber hacer personal"
(aquello por lo que nos pagan en nuestro trabajo) las hemos aprendido en
las aulas o en el sinuoso camino de la vida.
Sin embargo, estamos viviendo una curiosa paradoja: parece que el e-learning
y la tecnología son la panacea que nos va a salvar y a sacar de este
callejón sin salida donde estamos estancados y, además, de forma más
barata y sin esfuerzo. Y esto me lleva a preguntarme: ¿Cómo nos metemos
de lleno en el e-learning cuando no se ha innovado ni mejorado la
formación presencial primero? La formación presencial, ¿es perfecta,
funciona excelentemente o tiene importantes imperfecciones y hay gran
margen de mejora? La respuesta es obvia y, desde luego, la tecnología no
tiene nada que ver en este asunto, no es ni la culpable ni quien nos va a
sacar las castañas del fuego. Más bien al contrario, añadir tecnología
a este modelo imperfecto solo conduce a empeorarlo. Lo que importa no es
Internet, lo que importa es si la gente aprende a HACER lo que se supone
que debe aprender cuando se matricula. Por eso la falacia del e-learning
consiste en que la e de electronic en realidad debería ser effective
learning, algo que rara vez sucede.
Ahora bien, lo que las TIC parece que producen es un debate, una puesta en
duda del modelo tradicional. Para mí hay una cosa muy clara: el ordenador
(que los americanos llaman doing device) lo que sí nos permite es
introducir una serie de cambios orientados hacia esta dinámica de learn
by doing (aprendizaje basado en la práctica) que tan difíciles
resultan de implantar en un aula con 30, 100 o 500 alumnos. E Internet
facilita enormemente el proceso de comunicación entre los actores
implicados (tutores, expertos, alumnos, contenidos), flexibiliza el
proceso (cuando me convenga y desde donde me convenga) y permite hacerlo
accesible a muchas personas distribuidas geográficamente por todo el
globo.
Por desgracia, y a pesar de que los ordenadores hace ya tiempo que forman
parte de nuestro entorno, desempeñan un papel totalmente marginal en el
ámbito de la educación y existen todavía pocas experiencias sobre cómo
emplearlos y emplear Internet como herramienta de aprendizaje y no como
medio de distribución de contenidos
¿Cómo aprendemos realmente?
¿Qué papel puede desempeñar la tecnología para un mejor aprendizaje?
¿Por qué existe una tan alta tasa de abandonos entre los alumnos de los
cursos de e-learning? ¿Cómo podemos convertir una experiencia de
recepción pasiva de información en una experiencia activa de
construcción de conocimiento?
Érase una vez (principios de los
años ochenta) un joven (yo) que pensó que había llegado el momento de
aprender a conducir. Y para lograrlo, la opción más evidente era la de
matricularse en una autoescuela. Existía, además, otra opción que
consistía en sentarse a los mandos de un coche (el de mi padre) junto con
alguien experimentado (mi padre) que me ayudase a aprender. Como la
segunda opción era más sencilla (y económica) comencé por pilotar el
coche de mi padre por algunos lugares poco concurridos de San Sebastián,
abusando de su paciencia y tratando de seguir sus consejos cada vez que no
hacía las cosas de la mejor manera. Con el tiempo, no me quedó otra
alternativa que matricularme en la autoescuela, estudiar el código de
circulación y realizar multitud de tests de respuesta múltiple e incluso
pagar por el mínimo de clases prácticas obligatorias. Como colofón de
la historia y como todos hemos hecho, tuve que superar el examen teórico
y el examen práctico (recuerdo que era uno de los pocos días que he
visto nevar en San Sebastián y podía sentir en el cogote el aliento del
parco e inexpresivo examinador). Resultado: casi dos décadas después
sigo conduciendo normalmente aunque tengo serias dudas sobre si sería
capaz de aprobar el examen teórico.
Supongo que habrá personas que se
preguntarán por qué he escogido este ejemplo para tratar el tema de los
contenidos de e-learning. Como veremos, hay múltiples aspectos comunes:
El aprendizaje tuvo lugar fuera de las
aulas: reflejos, educación, prudencia, averías, atascos, accidentes...
La motivación
El aprendizaje en el momento en que se
necesita
Aprender haciendo
La importancia de cometer errores
El razonamiento
La posibilidad de tener expertos a
quien acudir en el momento de cometer los errores
El papel de las emociones
Sin embargo, la manera en que
aprendemos a conducir no es ni mucho menos un ejemplo habitual sobre la
forma en que nos enseñan el resto de habilidades y conocimientos
necesarios para trabajar y vivir en nuestra sociedad.
No tengo ninguna intención de añadir
otra definición de e-learning a la larga lista que circula hoy en día
entre nosotros. También quiero adelantar que estamos en los albores de
algo que presumiblemente va a tener un impacto enorme en la manera en que
aprenderemos a partir de ahora, al igual que los ordenadores han cambiado
sin remedio nuestra forma de trabajar. Sin embargo, el principal medio de
producción en la aldea global sigue siendo el cerebro humano. Sabemos que
los contenidos no tienen un poder mágico para convertir a un alumno en un
experto. Aprender es una tarea compleja, es una habilidad en sí misma,
que requiere tiempo y diseñar unos buenos contenidos también. Y como
todo en Internet, los alumnos están siempre a un solo clic de ratón de
abandonar el curso.
Como punto de partida me gustaría
señalar cuáles son las dos preguntas que nos debemos hacer a la hora de
valorar un contenido de e-learning:
1. ¿En cuánto se parece al trabajo
para el que intentamos formar al alumno? Por ejemplo, si es un curso de
negociación, ¿el alumno negocia? ¿Se enfrenta a diferentes situaciones,
personalidades, problemas?
2. ¿Qué sabe HACER el alumno cuando
finaliza que antes no sabía? El alumno, ¿sabe negociar? Cuando llegue a
su trabajo, ¿se darán casos donde piense "esto lo hice ayer en el
curso, sé que me equivoqué pero también sé cómo lo resolví y, por
tanto, puedo aplicarlo"?
Si somos mínimamente críticos, nos
daremos cuenta de que pocos, muy pocos contenidos –de e-learning o no–
superan esta primera prueba.
Para empezar a hablar de contenidos
debemos tener en cuenta tres aspectos que por regla general pasan
inadvertidos y que, sin embargo, son la clave sobre la que se asienta todo
lo demás: CÓMO aprenden las personas y, en función de ello, CÓMO
enseñamos y QUÉ enseñamos.
Para analizarlo –y aunque pensemos
que el e-learning es el futuro que nos espera– tan sólo tenemos que
retroceder unos cuantos siglos: Sócrates predicaba que el conocimiento
estaba dentro y no fuera de las personas y trataba de ayudarlas a razonar
por sí mismas. Aristóteles sentenció en su momento: "Lo que
tenemos que aprender, lo aprendemos haciendo". Los romanos también
entendieron que educare consiste en extraer lo mejor de uno mismo.
Plutarco decía: "El cerebro no es un vaso que hay que llenar, sino
una chispa que hay que encender". Incluso Galileo sentenció:
"No se puede enseñar nada a ningún hombre, simplemente podemos
ayudarle a descubrirlo por sí mismo." ¿Y qué hacemos nosotros?
Tratamos de llenar las cabezas de los alumnos con ingentes cantidades de
datos, les hacemos un examen y si responden lo que el profesor ha dicho,
aprueban y obtienen un título. Pero el mejor maestro no es el que da la
respuesta correcta, sino el que ayuda a encontrarla por uno mismo. Medimos
los cursos por los "kilos" de contenidos, por las horas de
clase. La capacidad de procesar información de los humanos es finita.
Einstein dijo: "No necesito saberlo todo. Tan sólo necesito saber
dónde encontrar lo que me haga falta, cuando lo necesite".
Pero la realidad, y todos los que
estudiamos una carrera universitaria lo hemos podido comprobar en nuestras
carnes, es muy diferente. En la vida no hay respuestas correctas ni nos
hacen exámenes escritos a final de mes en el trabajo. La vida es mucho
más compleja que todo eso. Como mucho hay cosas que funcionan y cosas que
no. Lo más importante en una empresa no son las personas, ni siquiera el
conocimiento de esas personas. Lo más importante es su EXPERIENCIA, lo
que SABEN HACER. Es por esa razón por la que les contratan, por la que
aportan valor y por la que les pagan. Si nos paramos a pensar, la mayor
parte de las cosas que hacemos en el trabajo no las hemos aprendido ni en
el colegio ni en la universidad. Las hemos aprendido a lo largo de muchos
años de trabajo y esfuerzo, de cometer errores, de aprender de ellos y de
acumular una valiosísima experiencia. Y cuanta más experiencia tenemos
en un trabajo, mejor lo hacemos. Yo no aprendí a conducir en la
autoescuela, aprendí a lo largo de muchas horas sentado al volante
haciendo kilómetros y viviendo situaciones diferentes.
Esto lleva a la primera afirmación
sobre CÓMO APRENDEN LAS PERSONAS. Aprendemos haciendo y no escuchando. El
modelo "Yo sé, tú no sabes, yo te cuento" no es real. Cuando
una persona se hace una pregunta quiere decir que está pensando,
explorando, buscando explicaciones, soluciones. Sólo entonces puedo estar
seguro de que empieza a aprender. ¿Qué oportunidades damos en los cursos
de pensar, investigar, experimentar, preguntar? Para aprender, éste suele
ser el proceso que seguimos inconscientemente:
Fijarnos un objetivo (por ejemplo, ir
de vacaciones a Australia).
Actuar en consecuencia (reservar
avión, alojamiento, buscar información del país, etc).
Es probable que vayamos al aeropuerto
y que las cosas no sucedan como esperábamos porque, por ejemplo, nos
encontremos un problema de overbooking que nos deja en tierra hasta el
día siguiente.
Reflexionamos, buscamos una
explicación (hay que confirmar el vuelo con cuarenta y ocho horas de
antelación) y la almacenamos en la memoria. APRENDEMOS. La próxima vez
que planifiquemos unas vacaciones, sabremos que tenemos que confirmar el
vuelo antes de ir al aeropuerto.
En el fondo, un experto no es más que
una persona que acumula gran número de casos, que ha practicado tantas
veces unas determinadas tareas que ha terminado por dominarlas
perfectamente. Ha creado respuestas automáticas a todos esos casos, ha
acumulado la experiencia de cómo resolverlos de manera que sabe responder
a ellos casi sin pensar. La única diferencia respecto a los demás es que
se ha entrenado con esmero para solucionar todos esos casos. Pero no
olvidemos que al comienzo era igual que los demás, empezó de cero.
En la oficina no nos pasamos las horas
sentados en una silla escuchando a alguien, nos pasamos las horas haciendo
cosas continuamente. Si fuese tan sencillo, bastaría con escuchar a los
mejores expertos en cada materia para convertirnos en expertos como ellos
y de esta manera acabaría el fracaso escolar y en gran medida el negocio
de la formación sería diferente. Los problemas no se pueden comprender
intelectualmente, hay que vivirlos. ¿Alguien piensa que podemos modificar
el comportamiento de las personas, cambiar su manera de hacer las cosas
para que las hagan mejor por el mero hecho de sentarlas en un aula o
ponerles unos textos en una pantalla y unos ejercicios?
Si lo que se aprende no procede del
descubrimiento personal, de una experiencia o de un caso concreto, no se
recuerda ni se aprende. ¿Quién de nosotros sería capaz hoy de aprobar
un examen de cualquiera de las asignaturas de la carrera? Posiblemente
casi nadie. El problema no es que se nos haya olvidado, el problema es que
nunca lo aprendimos. Lo único que hicimos fue memorizar una serie de
datos para una fecha determinada. A partir de aquí el cerebro, que tiene
una enorme facilidad para eliminar lo que no necesita o utiliza,
sustituyó aquello por otras informaciones y lo borró. De hecho el
conocimiento real es inconsciente. Para tratar de explicar y formalizar lo
que realmente sabemos hacer, tenemos que pararnos a pensar un buen rato y
nos costará trabajo tratar de enunciarlo claramente. Por ejemplo, para
aprender a conducir, yo tuve que superar cuatro fases:
1. No sé que no sé. Con doce años,
ni sabía conducir ni sabía que hubiese que saber conducir porque no era
un tema que me preocupase lo más mínimo.
2. Sé que no sé. Con dieciocho años
me di cuenta de que conducir era algo útil y yo no sabía hacerlo.
3. Sé que sé. Cuando me bajé del
coche aquel día de noviembre en que nevaba, era consciente de que ya
sabía conducir, aunque tenía que pensar cuidadosamente casi cada paso
que daba.
4. No sé que sé. Hoy cuando cojo el
coche, ni siquiera tengo que pensar en lo que hago. Ponerme el cinturón,
arrancar el coche, soltar el freno, pisar el embrague, meter marcha
atrás... se ha convertido en algo inconsciente.
Aquí podemos introducir uno de los
aspectos relevantes de los contenidos de e-learning: la motivación. Yo
aprendí a conducir cuando me di cuenta de que para no depender del
transporte público, de terceras personas (casi siempre mis padres) o de
otras limitaciones, la mejor solución era aprender a conducir. La
motivación no existía a los doce años, pero sí a los dieciocho, de la
misma manera que hace doce meses poca gente estaba motivada para aprender
a pensar en el euro como moneda. Sin embargo, la motivación es algo
básicamente interno, no puede ser impuesto, y una persona motivada es
capaz de aprender de un trozo de periódico viejo, mientras que una
persona que no lo está no aprenderá aunque le paguemos un MBA en Harvard.
Ahora bien, todas las personas nos
movemos por objetivos, cosas o situaciones que nos interesan y por las que
estamos dispuestos a actuar para alcanzarlas porque nos producen
sensaciones placenteras. Cuando tienes un objetivo, tienes interés en
aprender para alcanzarlo. Éste es un elemento fundamental, porque el
alumno aprende cuando él quiere y no cuando lo decide el profesor. No
podemos obligarle a aprender lo que nosotros sabemos sin que le hayamos
despertado un interés previo. Tampoco podemos enseñarle lo que hemos
decidido que queremos que sepa y menos todavía si es capaz de darse
cuenta de que seguramente no podrá aplicar o transferir a su trabajo lo
que le estamos contando. El protagonista ya no va a ser el profesor, que
deja de ser el poseedor de los conocimientos y la autoridad que decide
sobre el futuro del alumno. No obstante, si somos capaces de alinearnos
con sus objetivos, si somos capaces de entender qué es lo que le mueve,
lo que le motiva, lo que le gusta, entonces tenemos una ocasión
incomparable para diseñar unos contenidos que resulten atractivos y donde
sea el protagonista de una historia en la que deberá desempeñar un papel
activo, un rol principal para construir su propio conocimiento.
Y es aquí donde generalmente se
desperdicia una gran oportunidad. ¿Cómo podemos esperar que los alumnos
dediquen su tiempo (anytime suele ser su tiempo libre) y su propio espacio
(anywhere acaba siendo su propia casa) para leer manuales aburridos
convertidos a HTML en una pantalla y hacer tests de autoevaluación? Al
menos en el aula pueden charlar con sus compañeros cuando se aburren. El
ordenador es un doing device, un aparato para hacer cosas y no para pasar
páginas ni para escuchar pasivamente. Para eso ya está la televisión.
Pulsar iconos no es sinónimo de interactivo. E-learning no significa leer
en la pantalla del ordenador lo que antes leíamos en un papel. Ni
multimedia (animaciones preciosas, sonidos, imágenes, vídeos
espectaculares) es sinónimo de aprendizaje. La razón por la que muy poca
gente es capaz de disfrutar haciendo un curso vía e-learning es porque
quien lo ha diseñado, lo ha hecho pensando en sí mismo, en lo que sabe y
en lo que cree que los demás deben saber. Sin embargo, vivimos en una era
donde es el cliente el que juzga los productos y no al revés, donde
tenemos que hacer las cosas con el cliente como punto de referencia,
pensando en lo que le gusta, lo que disfruta y lo que necesita. Pero eso
significa realizar un trabajo bastante más complejo.
Veamos un par de ejemplos:
posiblemente para un niño aprenderse de memoria las capitales de las
provincias españolas no sea un plato de muy buen gusto. Con todo, si
diseñamos un contenido donde el niño forme parte de un equipo de fútbol
o de un grupo musical que todas las semanas tiene que jugar o actuar en
una ciudad distinta, es altamente posible que en el propósito de alcanzar
el objetivo que le motiva (planificar cada viaje, jugar o actuar en cada
ciudad), el niño aprenderá lo que queremos y lo hará divirtiéndose y
sin darse cuenta.
Segundo ejemplo, un curso de
Macroeconomía, y lo elijo porque lo encuentro especialmente árido. Todos
los modelos que se manejan hoy en día se parecen como gotas de agua a la
hora de impartir un curso de Macroeconomía, da lo mismo que sea
presencial o no. Monólogo del profesor o experto cualificado, durante
muchas horas, y tal vez algún tipo de evaluación para comprobar si los
alumnos han entendido los conceptos. ¿Resultado? Curso en principio poco
atractivo, con un enorme caudal de contenido teórico y poquísima
interacción y aprendizaje real.
¿Podemos pedir al alumno que se
motive? Difícilmente. ¿Que participe y –sobre todo– que cuando acabe
tenga los conocimientos suficientes para ejercer un trabajo en esa área?
Es mucho pedir. El propio alumno tiene sus dudas sobre si "sabe que
sabe". ¿Seré capaz de HACER lo que me han dicho que hay que hacer
en mi trabajo diario? Sin embargo, el problema no radica en el alumno, ni
siquiera en la materia. Radica en el método.
¿Hay algo que podamos hacer? El ser
humano es por naturaleza curioso, le gusta jugar (al fútbol, a las
cartas, a los juegos de rol o a hacer crucigramas). Planteemos las cosas
al revés. Lo lógico es que si alguien quiere o debe hacer un curso de
Macroeconomía es porque trabaja o quiere trabajar en algún puesto donde
pueda aplicar esos conocimientos. Entonces, construyamos una historia que
recree, lo mejor posible, una situación real de trabajo donde tenga que
poner en práctica sus conocimientos. Tenemos que crear un escenario donde
hay que situar al alumno, asignándole un papel y un objetivo que debe
cumplir, una meta. Propongámosle, por ejemplo, "Vas a trabajar en el
equipo de asesores del presidente de los Estados Unidos, se desatará una
crisis de suministro de petróleo y tu tarea consistirá en asesorarle
sobre las diferentes medidas que habrá que tomar para solucionarlo".
De entrada ya le estamos planteando un
reto, y la aplastante mayoría de los seres humanos reaccionan
positivamente ante estos estímulos sobre todo cuando identifican que les
va a reportar beneficios directos sobre su desempeño profesional. No le
aburrimos con introducciones sobre el curso, sobre para qué le servirá.
Tenemos que captar su atención e interesarlo desde el comienzo. Que
adopte una actitud proactiva, que "haga cosas". A partir de
aquí, el alumno va a ser quien tendrá las claves para desenvolverse en
un entorno donde va a encontrar todos los elementos que necesite, en forma
de información, vídeos de expertos, historias reales sobre casos
similares, instrumentos de trabajo, para llevar adelante su tarea y
"hacer cosas" (un informe al presidente, defender el informe en
una rueda de prensa, etc.). Pero tendrá que hacerlo él, con su cerebro y
su razonamiento. Y sobre todo fracasando y razonando sobre los motivos de
su fracaso hasta dar con la solución a su error. No hay mejor tutor que
uno mismo cuando está cautivado por una actividad que le fascina.
Cómo enseñamos
Tenemos que reconocer que la
educación ha evolucionado muy poco a lo largo del tiempo. Si pudiéramos
trasladar en el tiempo a un cirujano de hace 400 años a un quirófano de
hoy, posiblemente entraría en shock por la diferencia de escenarios y su
incapacidad para entender la situación. Sin embargo, si hacemos el mismo
experimento con un profesor, es casi seguro que en cinco minutos podría
tomar el mando y seguiría la clase con total normalidad (los pupitres de
la famosa aula de Fray Luis de León no son muy diferentes de los que yo
utilicé). La tónica habitual sigue siendo pizarra y borrador, y ello
significa que el profesor hace el 95% del trabajo. Habla, lee, explica,
escribe, dicta, pregunta, etc. Pero lo curioso es que quien debería hacer
el 95% del trabajo debería ser el alumno, que es quien debe aprender.
¿Alguien se imagina a un padre enseñando a montar en bici a su hijo y
empleando el 95% del tiempo pedaleando sentado sobre la bici mientras su
hijo le escucha? ¿O aprender a cocinar viendo a Arguiñano en la tele?
Además, no siempre el que enseña es el profesor ni el que aprende es el
alumno.
En el caso del e-learning,
reproducimos prácticamente el mismo modelo, con lo que se deja nulo
espacio al alumno para que reflexione, tome decisiones, investigue, se
cuestione y tenga dudas. Todo lo que le pedimos es que avance páginas,
lea y escuche y al final haga unos cuantos tests.
Para aprender, el protagonista debe
ser el alumno, que tiene que hacer cosas y no escuchar pasivamente cómo
se las cuenta otra persona. Nadie aprende a negociar si no es negociando y
practicando mil veces hasta perfeccionar la habilidad que acaba siendo
automática e inconsciente. Y para ello tiene que experimentar, cometer
errores, reflexionar, buscar explicaciones, recibir el consejo de quien
sabe, intentarlo de nuevo, es decir, ser proactivo. La memoria y el
aprendizaje van íntimamente ligados a las emociones. Y no parece muy
emocionante ni impactante saber que durante un curso (o una carrera) tu
papel es el de sentarte en un aula a escuchar y tomar apuntes. Si cada vez
las personas van a tener más autonomía y más poder de decisión, habrá
que prepararles para ello y no tan sólo para aplicar las reglas como si
fuesen robots.
Qué enseñamos
Según lo que las propias empresas
solicitan, éste sería el retrato robot del perfil del universitario
recién licenciado que necesitan (no es exhaustivo, ni mucho menos):
Capacidad de escribir y redactar
correctamente y de forma estructurada.
Capacidad de hablar en público y de
hacer presentaciones verbales y escritas.
Capacidad de análisis.
Razonamiento y resolución de
problemas. Negociación.
Trabajo en equipo.
Espíritu emprendedor.
Creatividad e innovación.
Comunicación.
Inteligencia emocional.
Capacidad para aprender y desaprender.
Por desgracia, esto no es lo que se
aprende en la universidad (ni casi en ninguna parte; lo aprendemos
trabajando y practicando). La universidad fabrica académicos, profesores
de primero de carrera, pero no profesionales. Entre otras muchas cosas
porque quienes suelen impartir las clases tampoco son profesionales, sino
académicos. Es casi aquello de cómo me va a dar un sacerdote lecciones
sobre el matrimonio (a no ser que considerásemos que estuviese casado con
Dios). Esto es tan evidente que las empresas están creando sus propias
universidades corporativas para tratar de corregir este problema. Existen
ya varios cientos de universidades corporativas censadas en Estados
Unidos, un fenómeno que comienza a extenderse en nuestro país. Lo malo
es que luego reproducen, con los mismos errores, el mismo modelo de
formación que las otras universidades.
Todas aquellas habilidades por las que
realmente somos valorados para acceder a un trabajo prácticamente no
aparecen por ningún sitio en la universidad. Recibimos clases de latín,
de álgebra, de trigonometría y de muchas cosas más que jamás
utilizamos ni recordamos, y sin embargo nunca aprendemos sobre salud y
nutrición o a convivir con una pareja durante muchos años.
En Estados Unidos existen algunas
iniciativas donde las propias empresas preparan esos retratos robot que
recogen las capacidades básicas que necesitan para sus nuevos empleados y
se negocia con algunas universidades para empezar a crear currículos
universitarios adaptados a estas necesidades.
Aspectos clave para diseñar
contenidos de e-learning
Vamos a tomar como base el ejemplo que
nos ha servido de guía hasta este momento, que es el de aprender a
conducir.
Aprender haciendo Parece obvio pensar
que aprender a conducir es una actividad de "hacer". El
aprendizaje se desdobla en dos partes: teórica y práctica. La verdad es
que no tiene mucho sentido hacerlo por separado porque cuando conducimos
empleamos ambas facetas al mismo tiempo. Por tanto, lo ideal sería
aprender la teoría mientras practicamos, ya que es cuando mejor
estableceremos la conexión entre la teoría y su aplicación en la vida
real. Dando por hecho que es imprescindible conocer las señales y las
normas básicas de circulación, la parte clave es el aspecto práctico,
manejarnos con el vehículo. Es decir, lo que vamos a hacer durante
nuestra vida va a ser conducir un coche en multitud de situaciones. Nadie
entendería que para aprender a conducir solo hiciésemos un examen
teórico. Sin embargo, en la mayor parte de los casos en que las empresas
o las instituciones educativas tratan de enseñar algo a los alumnos, casi
nunca los alumnos tienen la oportunidad de practicar, de "hacer"
eso que les queremos enseñar. Los cursos de Ventas, Inteligencia
emocional, Atención al cliente, Gestión de proyectos, Dirección de
reuniones y cualquier ejemplo que queramos exponer describen situaciones,
hablan de principios, teorías, definiciones, pero no ponen al alumno en
situación de vender, de empatizar con el cliente o de atenderle. El
alumno NUNCA vende a los clientes ni les atiende. Increíble pero cierto,
máxime cuando la actividad de los alumnos al finalizar el curso será
precisamente ésa. No obligan a pensar, a tomar decisiones, a equivocarse,
a reaccionar. Se trata de razonamiento superfluo, superficial. Hagamos
esta reflexión: ¿Cuánto tiempo pasa el alumno activamente, haciendo
cosas durante el curso? ¿Y cuánto tiempo pasa pasivamente leyendo,
escuchando, mirando?
Los expertos: historias, casos y
ejemplos Las personas pensamos con palabras y nos comunicamos básicamente
hablando. Nuestra vida es una historia y cuando describimos situaciones,
lo solemos hacer en forma de cuentos e historias y nos apoyamos en
ejemplos para hacernos comprender mejor. Desde el principio de los
tiempos, la tradición oral ha tenido una importancia capital y, por
tanto, ha incorporado en sus relatos una enorme cantidad de información y
conocimiento. Una figura clave a la hora de diseñar cualquier contenido
son los expertos, aquellas personas, dentro o fuera de la organización,
que han conseguido dominar su área de actividad hasta ser reconocidos
como los mejores. Debemos ser capaces de trabajar con ellos para entender
cuál es el proceso que siguen, dónde se cometen los errores más
habituales, cuál es la mejor manera de resolverlos, etc., y construir
contenidos para que el resto de empleados puedan "vivir" esas
mismas experiencias. Pero, sobre todo, que en los momentos en los que los
alumnos necesiten ayuda para avanzar, puedan tener a su alcance a esos
expertos, grabados en vídeo, en línea, para consultarles. No podemos
desaprovechar oportunidades de aprender y por ello los expertos deben
estar siempre disponibles. Mi padre era ese experto cuando tenía
problemas para aparcar o cuando el coche salía dando tirones al arrancar
y meter primera. Obviamente, el valor de la tecnología es el de
proporcionarnos al alcance de la mano a todos esos expertos a los que
posiblemente nunca podamos conocer. Hace cientos de años, la educación
estaba reservada para unas elites. Sólo algunos tenían acceso a ella.
Esos privilegiados tenían sus tutores particulares que les educaban en un
entorno 1 to 1 en todo tipo de materias. La democracia trajo consigo la
universalización de la educación y pasamos a un entorno de aprendizaje
masificado 1 to X. En lugar de 1 profesor y 30, 50, 100 alumnos, la
tecnología nos permite pasar a la situación contraria: 10 profesores
para 1 alumno. ¿Hay quien dé más?
Disponer de la información relevante
en el momento en que se necesita Está muy relacionado con el aspecto de
la motivación. Si no voy a utilizar lo que estoy aprendiendo hasta dentro
de 10 meses, difícilmente lo voy a tener muy en cuenta. Cuanto más se
aproxime el entorno de aprendizaje a la realidad en la que queremos que el
alumno desempeñe el trabajo, tanto más efectivo será. Y cuanto más
cercano sea a sus intereses, más fácil será que aprenda y quiera saber
más. Además, en la era de Internet lo lógico es que la gente aprenda
cuando lo necesite y no cuando conviene realizar el curso o las aulas
están libres o a los expertos les va bien.
Motivación La motivación y la
curiosidad son la energía para el aprendizaje. No hay nada que pueda
superar la fuerza de una persona que está encandilada por un tema en
particular. Cuántos compañeros hemos tenido en la escuela que sacaban
malísimas notas pero que lo sabían todo sobre deportes. Todos tenemos un
enorme caudal de energía y creatividad del que desconocemos sus límites
y que se desaprovecha porque nuestro sistema educativo y laboral lo
reprime. Si alguna vez habéis visto cuántas personas hacen falta para
reducir a un demente lo comprenderéis. El reto consiste en transformar a
los alumnos de asistentes en participantes. Como indicaba al comienzo, de
nada habría servido que alguien hubiese tratado de enseñarme a conducir
cuando tenía doce años. El alumno debe perseguir sus propios objetivos y
sólo aprendemos cuando nos hacemos una pregunta y vamos a buscar la
respuesta, y no cuando la respuesta nos viene sin que la hayamos pedido.
Tenemos una magnífica oportunidad para ofrecer a los empleados
instrumentos y herramientas para hacer mejor su trabajo. Y la mayoría de
personas agradecen esa posibilidad, a nadie le gusta la sensación de
inseguridad y el temor a no hacerlo bien.
Los errores Es muy importante
practicar, pero sobre todo es importante cometer errores. ¿Por qué?
Porque cuando cometemos un error, se pone en marcha un mecanismo
automático que busca la manera de resolver el problema, o bien por mí
mismo o bien pidiendo ayuda a alguien. Y es en ese momento en el que
estamos preparados para encontrar una solución o escuchar a alguien que
nos ayude a encontrarla. Ese momento de aprendizaje es la clave y sólo se
desata cuando las cosas no suceden como preveíamos. Por eso, la práctica
perfecciona el aprendizaje y la reflexión lleva al aprendizaje profundo.
El mejor ejemplo de ello son los niños: no saben que aprenden, no son
conscientes y tienen objetivos (hablar para comunicarse, andar para
explorar sitios, etc). Son auténticas máquinas de aprender: ¿alguien ha
visto a un niño deprimido por sus errores o que haya decidido dejar de
intentar aprender a andar? Están motivados y aprenden a base de cometer
errores que los padres siempre entienden como imprescindibles. El
ordenador nos permite practicar tantas veces como sea necesario. Los
ordenadores tienen una paciencia infinita con nosotros y, sobre todo,
nuestros errores no tienen consecuencias porque constituyen entornos
seguros de aprendizaje. Y mientras en la vida real las personas cometen
errores accidentalmente, en el mundo virtual podemos provocar que los
cometan. Y ésta es una ventaja de la que podemos sacar un provecho
incomparable, y, si no, pensemos en los simuladores de vuelo. También
permiten reproducir escenarios costosos o peligrosos con relativa
comodidad.
El estudiante decide su propio ritmo y
controla su proceso Parece indiscutible que, si estamos viviendo la era
del 1 to 1, resulte difícil entender que los alumnos tengan que estar el
mismo día, en un mismo sitio, a la misma hora, en la misma página. Y que
si un profesor explica algo, mientras un alumno se queda pensando en ello,
aquél continúa avanzando. Las personas, aunque aprendemos todas igual
(haciendo), tenemos diferentes estilos. Unos prefieren pasar directamente
a la acción, otros prefieren investigar, otros solicitar consejo, otros
ver cómo lo hace un experto. Por eso un buen contenido deberá tener en
cuenta que hay que proporcionar diferentes vías para que todos esos
estilos estén representados y el alumno pueda escoger su propio camino.
Además, no todos tenemos la misma capacidad para aprender, unos van más
rápido que otros. Poseemos cinco sentidos y cuantos más de ellos
impliquemos, más le facilitaremos la labor. Por tanto, el e-learning
consiste también en dar al alumno la libertad para avanzar cuando y como
quiera.
El resultado de la tarea es el examen
¿Tiene mucha importancia el hecho de que aprobase el examen teórico o lo
que realmente cuenta es que sepa conducir? Tenemos una tendencia
difícilmente controlable de medir el conocimiento sobre la base de
exámenes y tests. Posiblemente porque resulta mucho más fácil que
tratar de medir el desempeño. Pero la vida es mucho más que verdadero o
falso. Tratemos de medir tareas reales y no lo simplifiquemos por muy
cómodo que nos resulte. Si quiero enseñar a alguien a ir en bici y al
día siguiente viene yendo en bici, no me preocupa demasiado que sepa
responder cuántos radios tiene la rueda o dónde está el freno
delantero.
Entretener El aprendizaje debe ser
divertido. Pensar puede ser divertido y aprender también. Aunque la
tradición nos asocia la educación con entornos serios (todos con
uniforme, en silencio o nos castigaban), la realidad es que los seres
humanos nos implicamos con aquello que nos divierte, que nos entretiene.
Lo llevamos en la sangre desde niños. Nos gusta jugar, nos gusta
disfrutar y si ponemos un poco de creatividad, veremos que no es tan
complicado aquello de "proponer una experiencia agradable de
aprendizaje". Es más, va a resultar imprescindible. Vivimos en una
sociedad de estímulos constantes, de ocio, cine, televisión, videojuegos
y los alumnos no van a entender ni aceptar contenidos aburridos, planos.
Van a querer aprender y pasárselo bien mientras aprenden. Pero por muy
maravilloso que sea el clima, por muy gratificante que sea la experiencia,
si no está conectada directamente con lo que cada individuo afronta en el
día a día de su trabajo, no lograremos que sea efectivo para el fin que
se le supone: que sean capaces de hacer mejor sus tareas.
Las emociones Los seres humanos
recordamos las experiencias que nos han dejado huella en nuestra vida. La
primera novia, un accidente, el fallecimiento de un familiar, el 11 de
septiembre. Como decíamos, memoria y emoción van íntimamente ligadas.
Cuando vamos al cine, no sólo lo hacemos porque nos divertimos, sino
porque nos hace soñar, emocionarnos, a veces reflexionar, vivir
historias, identificarnos con personajes, odiarlos, defenderlos, llorar,
reír. Y sin embargo sabemos que es sólo una película. Si somos capaces
de provocar ese tipo de reacciones en un alumno, reforzaremos enormemente
el aprendizaje. Debemos esforzarnos por provocar situaciones memorables,
intensas, perdurables, donde el alumno se olvide de que está en una
simulación virtual y viva las sensaciones que vive en la vida real. Y se
puede hacer, ya lo creo que se puede.
El aprendizaje es individual Aunque
las personas vivimos, aprendemos y trabajamos en grupo, el aprendizaje
real es individual. Lo que yo sé HACER, me lo llevo conmigo allá donde
vaya. Los grupos fomentan la relación social y refuerzan el aprendizaje,
pero el proceso es individual. El e-learning permite las diferencias entre
personas. Aprendo de otros y con otros, pero aprendo YO. O YO sé conducir
o no lo sé. Por eso el rol del profesor será primero aprender a enseñar
para luego enseñar a aprender (y no tanto ser el mejor experto en su
materia), y el del alumno, cada vez más aprender a aprender.
¿Por qué el e-learning está
fracasando?
Porque hay cosas que hoy en día los
ordenadores no pueden reproducir como el mundo real. Para aprender a
hablar en público, no hay más remedio que hablar en público. Porque la
manera en que aprenden las personas no tiene nada que ver con la forma en
que tratamos de enseñarles. Estudiar no tiene sentido, aprender sí que
lo tiene. No es natural pasarse horas sentado leyendo o escuchando cuando
nos pasamos el día haciendo cosas, activos, en continuo movimiento. Y
porque parte de los responsables de e-learning en las empresas son los
antiguos responsables de formación y estamos en una situación que se
asemejaría a poner en manos de Correos y Telégrafos el hacerse cargo del
correo electrónico.
Errores más habituales al diseñar
contenidos:
Digitalizar los contenidos en papel
actuales. Por el mero hecho de poner información o contenidos en un web
no significa que se vayan a aprender. Internet es una gran biblioteca,
pero eso no equivale a pensar que hemos reunido todo el conocimiento de la
Tierra en una sola y gigante base de datos. Si seguimos subiendo a la Red
los mismos manuales que utilizamos en las aulas, sólo estamos empeorando
el modelo por mucho que lo queramos disfrazar con foros, tutores y
herramientas colaborativas.
Creer que escuchar, leer y memorizar
es aprender.
Creer que escoger una respuesta
equivale a practicar.
Creer que escoger la respuesta
correcta es un buen examen de aptitud.
Dar la respuesta correcta cuando te
equivocas.
Creer que describir una situación
sustituye el hecho de estar en esa situación y vivirla.
Olvidar que aprender y divertirse no
son conceptos opuestos.
Tú PRACTICAS, y cuando tengas
PROBLEMAS te ayudamos. Para esto es para lo que nos sirven las
tecnologías. El 1 a 1 del e-learning cambia el modelo: los ordenadores no
se aburren, eliminan el miedo al fracaso y al ridículo, permiten
experimentar, simular situaciones reales y diferentes estilos de
aprendizaje. El proceso para el alumno es el siguiente:
1. Se sitúa en un escenario:
situación real (física o virtual).
2. Le planteamos unos objetivos
realistas que debe alcanzar.
3. Se empieza a hacer preguntas para
lograr alcanzar los objetivos y le surgen dudas.
4. Aquí entramos ofreciendo ayuda:
expertos, historias, teoría, etc.
Ahora háganse esta pregunta:
¿Cuántos cursos conocen donde se conjuguen todos estos elementos?
¿Cuándo han visto un curso tan bien diseñado que les entrasen unas
ganas irresistibles de hacerlo? Además, los profesionales no necesitan
cursos, lo que necesitan son soluciones a problemas.
Llamar e-learning a lo que se hace a
día de hoy me parece un poco atrevido. Hay nombres más adecuados como e-reading
o e-training. Existen contadísimas personas que puedan ser consideradas
expertas en este campo, que hace muy pocos años era un completo
desconocido. Conocemos muy pocas experiencias de éxito y, en cambio,
existe bastante confusión. Un buen profesional no es sinónimo de buen
formador. Y un buen formador presencial tampoco es sinónimo de buen
formador en línea.
Les brindo la ocasión de que hagan el
siguiente experimento: acudan a cualquiera de los múltiples seminarios,
conferencias, jornadas sobre e-learning (los hay por docenas) y fíjense
en ver si son capaces de encontrar en alguna de ellas algún ejemplo real
de algún curso real hecho para algún cliente real que de verdad les
impacte, les resulte una experiencia interesante sobre cómo aplicar las
tecnologías para que las personas aprendan mejor. Créanme, les van a
sobrar dedos de una mano. ¿Por qué? Muy sencillo, porque jamás se mira
el mundo a través de los ojos del alumno y porque todavía no tenemos
experiencia en este campo. No podemos construir cursos para e-learning sin
antes comprender cómo aprenden las personas y sin entender que estamos
hablando de un medio nuevo como es Internet. Estamos empleando las nuevas
tecnologías (Internet) con la mentalidad antigua (editorial), lo que es
en cierta manera natural. Los comienzos del cine tienen muchas similitudes
con esta situación. Las primeras películas de los hermanos Lumière
trataban de filmar obras de teatro o escenas de la vida real, como Obreros
a la salida de una fábrica. Tuvieron que pasar algunos años hasta que el
cine desarrollase su propio lenguaje (guiones, exteriores, sonido, efectos
especiales, montaje) para llegar a ser lo que hoy conocemos. Así que
tenemos que ser conscientes de que, por regla general, nos encontramos en
la primera generación de contenidos de e-learning, que siguen un esquema
similar al de un libro de texto aunque aprovechando las mejoras que
permite la digitalización, como la incorporación de la imagen, la
animación, el sonido y la capacidad de poner ejercicios en línea al
alumno. Estos contenidos son lineales y secuenciales y utilizan el examen
como herramienta de evaluación.
Sin embargo, si hablamos de contenidos
a día de hoy, seguimos hablando del hermano pobre del e-learning. La
mayor parte de las inversiones económicas se están realizando en
tecnología (LMS, comunicaciones, hardware), que no deja de ser un medio y
nunca un fin (condición necesaria, sí, pero no suficiente). Esto nos
conduce a poner un énfasis desmedido en la distribución y, por tanto, en
el ahorro de costes sin preocuparse apenas por la calidad. Como resultado,
las primeras experiencias de los alumnos con un curso vía e-learning
resultan aburridas y decepcionantes, lo que genera una importante tasa de
abandonos. No perdamos de vista que las tecnologías que empleamos para el
aprendizaje son el soporte, el vehículo que nos permite un acceso más
rápido, más sencillo, más completo. Pero la clave está en los
contenidos. La tecnología es respecto a los contenidos lo que el
envoltorio respecto al caramelo. Ambos son imprescindibles, pero lo que
nuestros alumnos necesitan son los contenidos, el motivo por el que los
formamos no es la tecnología, lo que van a emplear para trabajar son los
contenidos. El aprendizaje dejará de ser un anexo, un paréntesis en el
trabajo para integrarse y formar parte como un elemento más.
Hace tiempo leí estas dos asombrosas
estadísticas:
Sólo del 10% al 20% de lo aprendido
se transfiere al puesto de trabajo.
A partir del año 2002, por cada euro
que se gaste en tecnología, se gastarán cinco en contenidos.
La clave del e-learning radica en que
es la ÚNICA manera de proporcionar información y conocimientos
actualizados a los trabajadores (las armas clave para competir) en un
entorno donde es el rápido quien vence al lento y no el grande al
pequeño. Los métodos tradicionales de formación simplemente no van a
poder mantener el ritmo. Todo esto es especialmente cierto en grandes
organizaciones con alto número de personas que hay que formar y amplia
variedad de productos y servicios. Por tanto, las empresas no quieren el
e-learning, necesitan el e-learning. Y tenemos que empezar a pensar en los
contenidos de segunda generación. Aquellos que están concebidos para que
el alumno aprenda algo mediante la práctica de ese algo, que se basan en
la idea del simulador, que son totalmente activos, en los cuales no hay
teoría y la evaluación se realiza en la medida en que el alumno es capaz
de completar una tarea.
Para finalizar, parece una obviedad
hacer hincapié en que nos hallamos ante una magnifica oportunidad. El
mercado de la educación va a ser uno de los más importantes en los
próximos años (ya es el segundo en la economía estadounidense). Las
empresas saben que la única ventaja competitiva sostenible es lo que
saben hacer sus empleados. Y las personas son conscientes de que aprender
es ya crucial para desarrollar su carrera profesional. La demanda no cesa
de crecer continuamente.
Como he venido sosteniendo, no hay
nada mejor que el aprendiz que aprende junto al maestro y tiene la
oportunidad de mirar por encima de su hombro para ver cómo hace las cosas
y recibir su consejo cada vez que comete un error. Y esto, que hasta hace
poco tiempo resultaba prohibitivo, la tecnología ya nos lo permite, de
manera que las personas pueden aprender de forma natural, como siempre lo
han hecho. No desaprovechemos la ocasión. Hoy, cuando los alumnos se
asoman a un campus virtual, o bien encuentran muy pocos contenidos o bien
los que hay no les ilusionan. Como cuando vamos al cine con ánimo de
disfrutar un rato, una buena película nos engancha, una mala nos aburre.
Pero mañana las cosas no serán así.
La calidad de los contenidos será la clave por la que las personas se
decantarán por una u otra oferta. La tecnología será transparente (al
igual que lo es hoy en el caso del cine y la televisión). Y quienes
empiecen a diseñar y construir contenidos teniendo en cuenta estos y
otros aspectos tendrán más posibilidades de triunfar en esta aún
incipiente industria del e-learning.
Ésta es la pregunta que nos
deberíamos hacer siempre que vayamos a diseñar contenidos: ¿cómo
podemos convertir una experiencia de recepción pasiva de información en
una experiencia activa de construcción de conocimiento? Los contenidos
reinarán y aunque todavía están sin corona no será por mucho tiempo.
Autor: Javier
Martínez Aldanondo, Director de Proyectos de Talentus
Fuente: UOC
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